Las juventudes ¿contra la corriente?
Un encuentro para pausar, pensar y narrar desde lo colectivo en tiempos de hostilidad
En el marco del Mes de las Juventudes, Amnistía Internacional Argentina, Girl Up y Asuntos del Sur llevaron adelante el encuentro ¿Contra la Corriente?, una jornada de reflexión, cuidado y creación colectiva que reunió a más de 35 jóvenes activistas de distintas organizaciones sociales del país.
Durante la jornada, jóvenes que trabajan en derechos humanos, género, ambiente, salud, comunicación y justicia social se reunieron para preguntarse, desde sus cuerpos y trayectorias, qué significa hoy activar, cuidar(nos) y sostener redes. La actividad se organizó en torno a tres preguntas centrales:
En un contexto donde el tiempo parece no alcanzar y la productividad se valora por encima del bienestar, frenar se vive como un dilema. Parar, para las juventudes, es una experiencia atravesada por la culpa, la ansiedad y el miedo. Percibimos detenernos como una interrupción en nuestros trabajos, estudios y activismos.
El mandato de “hacer todo el tiempo” está tan internalizado que incluso los momentos de pausa se llenan de exigencias. Hasta disfrutar se convierte en una tarea pendiente. Las juventudes entendemos la importancia de parar, pero al momento de ponerlo en práctica, el torbellino de pensamientos hace que no descansemos, nos quedamos estancados en todo lo que deberíamos hacer. Cuando finalmente nos damos el espacio, muchas veces no es por decisión propia, sino porque el cuerpo nos obliga, con el costo de la culpa, la preocupación de haber delegado, la angustia de sentirse prescindibles o perder espacios de activismo que fueron difíciles de conquistar.
Esta urgencia surge del contexto sociopolítico, la precariedad económica, las narrativas dominantes y el ritmo impuesto por las redes sociales. Vivimos expuestos a un flujo constante de estímulos, comparaciones y exigencias. Las redes nos empujan a sentir que siempre hay algo más por hacer, una causa más por la cual movilizarnos, un espacio que si no ocupamos se perderá. El miedo a dejar de estar, a no ser escuchades, se mezcla con la responsabilidad afectiva y política de sostener espacios de lucha.
Pero en este mismo contexto, parar se vuelve un acto profundamente revolucionario. Decir “hoy no” es poner un límite a una lógica que valora sólo lo medible y visible. Parar es priorizar la salud mental, es sostener el activismo desde un lugar más humano. Parar no es frenar, es respirar, es darnos permiso para volver a conectar con el deseo y con el sentido de lo que hacemos.
Parar con otres, además, es construir comunidad. Reconocer que no podemos solos, que necesitamos redes de cuidado. Que hablar de cómo nos sentimos también es político. Necesitamos líderes y referentes que también visibilicen sus pausas, así poder romper con las jerarquías que perpetúan el desgaste. Un descanso compartido que habilite otros vínculos, más horizontales, más reales.
Parar es también tomar conciencia de la forma en que el sistema nos formatea: desde la infancia se nos enseña a rendir, a cumplir, a medir nuestro valor por la cantidad de cosas que hacemos. Romper con eso es cuestionar la cultura. Por eso, frenar es revolucionario. No como un abandono, sino como una forma de sostener lo colectivo desde lo personal. Es un acto de rebeldía que nos permite cuidarnos y seguir sin rompernos, sin aislarnos, sin dejar de luchar.
Este apartado del texto fue construido de forma colectiva por jóvenes activistas de diversas organizaciones que participaron del encuentro ¿Contra la Corriente?: Bautista P., Carolina M., Gonzalo R., Kiara P., Luciana R., Lucía M., Mía C., Nicole M., Maria P., Rocío B. y Vale E.
Construir redes en tiempos de fragmentación es mucho más que establecer vínculos: es resistir al aislamiento, al individualismo y a la lógica de la competencia. Es reconocernos parte de algo más grande, de una trama donde el encuentro, la escucha y la contención siguen siendo posibles. Para muchas juventudes, las redes son espacios de pertenencia profunda: donde dejan de ser “la persona del interior”, “la que no tenía voz”, o “la que no sabía cómo empezar”, y pasan a ser parte de una comunidad. El acompañamiento mutuo, sin pedir explicaciones ni exigir rendimiento, es lo que vuelve significativas a esas redes.
La fragmentación se siente en todos lados: en la virtualidad, donde los algoritmos nos encierran en burbujas y la violencia simbólica se vuelve norma; en la vida cotidiana, donde se pierde el tiempo de calidad para compartir; los espacios educativos donde la convivencia es cada vez más hostil, y hasta en las organizaciones donde la operatividad se sobrepone al horizonte común.
El presente nos enfrenta a un doble desafío: por un lado, reconstruir espacios de presencialidad, contacto real y conversación cara a cara; y por otro, resignificar las herramientas digitales, transformándolas en aliadas del encuentro y no del encierro. Las juventudes están llamadas a tender puentes, a salir de la comodidad del pensamiento afín, a escuchar desde el respeto aunque no se piense igual. Toda red viva se sostiene en la diferencia, no en la uniformidad.
Hacer red también implica trabajar sobre los límites de los propios espacios. Preguntarse por las voces que faltan, por las personas en los márgenes, por las exclusiones dentro de las propias organizaciones. El federalismo, la diversidad territorial y cultural, la accesibilidad, no pueden seguir siendo temas secundarios. Construir redes reales es construir desde la incomodidad, desde el reconocimiento de lo que no está funcionando.
La comunidad se construye en los detalles: en llamarte por tu nombre, en conocer nuestras historias, en celebrar lo cotidiano. En escuchar con permeabilidad, es decir, disponernos a que nos interpelen. En salir del rol del “yo enseño” para pasar al “crecemos en conjunto”. En encontrarse más allá de los temas que convocan: por el deseo, por el afecto, por el futuro compartido.
En un contexto de polarización, la apuesta por la comunidad es profundamente política. ¿Hay transformación posible en soledad? No necesitamos trincheras, necesitamos hogares. Lugares donde podamos confiar, formarnos, equivocarnos y volver. Espacios donde se celebre la ternura, la solidaridad y la escucha. ¿Un algoritmo reemplaza el abrazo?
Este apartado del texto fue construido colectivamente por jóvenes activistas de diversas organizaciones que participaron del encuentro ¿Contra la Corriente?: Ángeles S., Antonella B., Camilo L., Juan Ignacio G.J., Lucía L., Milagros R.L., Mora C., Mora F., Sofía R. y Zoe H.S.
Imaginar un futuro en este presente hostil es un acto de resistencia. Para las juventudes, el presente está marcado por la violencia institucional, la desigualdad creciente, la precarización de derechos, el individualismo y el desmantelamiento de conquistas que creíamos saldadas. Se normaliza lo inaceptable: discursos de odio, desfinanciamiento de la educación, deslegitimación de la ciencia, negacionismos y violencia simbólica. Se vive una crisis de sentido donde cuesta encontrar una causa común, donde el futuro aparece como incierto, frágil, e incluso no garantizado.
La imposibilidad de proyectar a largo plazo, la ansiedad climática, el miedo a lo que vendrá y el impacto de las redes sociales generan una sensación de desborde. A veces, ni siquiera alcanza con hacer. “¿Cuánto estoy ayudando?”, nos preguntamos frente a realidades estructurales que nos sobrepasan.
La desmotivación no nace de la falta de convicciones, sino del desgaste que provocan las violencias cotidianas: la estigmatización en redes, el adultocentrismo, la represión que vemos día a día y tantas otras formas de silenciamiento. En ese contexto, imaginar el futuro no es ingenuidad: es coraje.
El futuro es que las juventudes puedan hablar en un sistema que no siempre tiene oídos para escucharnos. El futuro que queremos es uno donde tengamos voz, espacio y decisión.
El futuro es unir luchas: con educación pública, gratuita y de calidad; con salud; con empleo digno; con compromiso interseccional y perspectiva de género; con soberanía alimentaria; con acceso a una vivienda digna; con ciencia y tecnología; con capacidad de soñar; y con perspectiva federal y plurinacional.
Las juventudes tenemos un rol clave. No solo somos el futuro, sino que somos el ahora. Tenemos la responsabilidad de ser voceras de lo que otros no pueden decir, de estar en espacios donde históricamente no fueron convocadas. No alcanza con que nos consulten: queremos estar en la mesa donde se toman las decisiones. Romper las estructuras también implica “romper las pelotas”, insistir hasta que escuchen, hasta que se abran los espacios. No solo queremos ser invitados a hablar, sino de transformar la forma en la que se construye el poder.
Imaginar un futuro resiliente es dejar de ceder esos espacios. Es hacerlo todo el tiempo, desde la curiosidad, el deseo y la convicción de que lo colectivo importa. Porque nunca es temprano para cambiar el mundo. Porque aún en la incertidumbre, elegimos imaginar.
La resiliencia, no es solo aguantar. La resiliencia verdadera nace de la convicción de que otro mundo es posible. Está en la militancia, en el activismo, en las ollas populares, en los clubes de barrio, en los vínculos cotidianos, en la organización comunitaria, en los espacios donde se sostiene al otro desde el cuidado. Es resistencia cotidiana, es sostén colectivo, es la ternura frente al odio. Es elegir no responder con violencia, aunque duela, aunque canse.
La resiliencia no es solo sobrevivir, sino hacerlo con sentido. No alcanza con resistir por resistir: hay que construir futuro desde la esperanza, la creatividad y el deseo. Elegir otras herramientas –la empatía, el diálogo, la escucha, el humor, el encuentro– es una forma de crear comunidad y disputar sentido en medio del caos. Crear red, nutrirla, sostenerla. Y reconocer que muchas veces, lo resiliente es también saberse acompañado: saber que alguien más está en la misma, imaginar y construir junto a otres.
Lo colectivo como clave: pertenencia, solidaridad, comunidad. Porque frente al desborde, la respuesta no es el aislamiento, sino el encuentro. Romper con el individualismo es, también, una forma de resistencia. Allí donde nos quieren solos, construimos comunidad. Allí donde nos quieren en silencio, alzamos la voz juntes.
Este apartado del texto fue construido colectivamente por jóvenes activistas que participaron del encuentro ¿Contra la Corriente?: Franco, Josefina F., Lola C., Lourdes D.A., Martina G., Martina N., Matías P., Pilar G., Santino C., Sofía y Vera E.
Organizaciones impulsoras